Qué significa observar la naturaleza y cómo hacerlo paso a paso

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Observar la naturaleza puede parecer una actividad compleja, que requiere mucha experiencia previa o herramientas especiales. Sin embargo, todos podemos hacer observaciones simplemente empleando nuestros sentidos. Eso sí, hay un ingrediente que no debe faltar: la curiosidad.

Por definición, observar la naturaleza es detenerse a mirar con atención lo que ocurre alrededor, pero también escuchar, oler y sentir. Es fijarse en detalles que normalmente pasan desapercibidos como un brote nuevo, el cambio de color de una hoja, la forma de una semilla, el olor de una planta después de la lluvia o el sonido de un pájaro habitual del barrio.

No se trata de identificarlo todo ni de convertir cada paseo en una clase de botánica. Se trata, primero, de aprender a prestar atención. Con el tiempo, esa atención hace que un lugar conocido empiece a revelar cambios, ciclos y relaciones que antes no veíamos.

¿Qué significa observar la naturaleza?

La observación de la naturaleza es algo que a veces hacemos sin darnos cuenta. Contemplar una puesta de sol, seguir con la mirada el vuelo de un pájaro o detenernos ante una flor que no habíamos visto antes ya son pequeñas formas de observación.

Mirar y observar, sin embargo, no son exactamente lo mismo. Miramos continuamente lo que nos rodea, pero observar supone detener la atención por un momento y dejar que aparezcan preguntas: ¿esto estaba aquí la semana pasada?, ¿por qué esta planta ya tiene frutos?, ¿de dónde viene ese aroma?, ¿qué insectos visitan estas flores? 

Observar nos acerca a los detalles y nos invita a comparar lo que vemos hoy con lo que vimos ayer o unas semanas atrás.

Si te has criado o vives en un entorno rural, seguramente tienes bastante conocimiento sobre los animales y las plantas de tu entorno. Parte puede ser un legado de tu familia o una consecuencia de tu trabajo, pero muchas cosas se aprenden simplemente porque se repiten delante de nosotros y acabamos reconociéndolas.

De niña, por ejemplo, sabía que con las primeras lluvias de otoño llegarían también las hormigas voladoras. Recuerdo el olor a tierra mojada después de aquellas lluvias ligeras y que todavía pasábamos muchas horas jugando al aire libre. En el pueblo donde crecí, el campo estaba muy cerca y el contacto con plantas, insectos y otros animales formaba parte de lo cotidiano.

También esperábamos cada primavera los pequeños frutos de la malva. Los llamábamos “panecillos” y los convertíamos en comida de juguete cuando imitábamos a los adultos y jugábamos a hacer la compra. Entonces no pensábamos que estábamos observando el ciclo de una planta: simplemente sabíamos que, llegada cierta época, aquellos panecillos volverían a aparecer.

¿Cómo observar la naturaleza? Un ejercicio de 5 minutos

No necesitas desplazarte a un bosque ni saber identificar especies. Para empezar, basta con elegir un lugar concreto —un parque, un jardín, un camino o un balcón— y dedicarle cinco minutos. El objetivo no es aprenderlo todo, sino prestar atención a lo que está ocurriendo en ese momento.

  1. Elige un lugar y busca un sitio donde puedas detenerte unos minutos.
  2. Empieza a mirar a tu alrededor desde distintos ángulos. ¿Qué es lo primero que atrae tu atención?
  3. Cierra los ojos y utiliza el oído. ¿Escuchas algún pájaro? ¿El viento mueve las hojas? ¿Hay insectos, voces, agua u otros sonidos que antes no habías notado?
  4. Fíjate en los olores. ¿Hay flores aromáticas? ¿Huele a tierra húmeda, a hierba seca o a alguna planta que llame tu atención?
  5. También presta atención a lo que percibes con la piel: el sol, el aire, la humedad, la textura de una corteza o el suelo bajo los pies.
  6. Abre los ojos y vuelve a mirar. Acércate ahora a algún detalle: una hoja, una flor, una semilla, un insecto o la corteza de un árbol. Después amplía de nuevo la mirada y observa cómo forma parte del entorno.

Antes de irte, hazte una última pregunta: ¿he visto, escuchado u olido algo que no había notado al llegar? No importa si no sabes ponerle nombre. El ejercicio consiste precisamente en comprobar cómo cambia la mirada cuando prestamos atención durante unos minutos.

¿Qué puedes observar?

No hace falta empezar por el nombre de una especie. Puedes fijarte primero en lo que cambia: qué plantas están brotando, cuáles tienen flores o frutos, qué hojas empiezan a secarse, qué colores prevalecen en ese momento o qué insectos aparecen alrededor de una planta.

También puedes elegir un solo detalle. La forma de una hoja, la disposición de los pétalos, la textura del tronco de un árbol o las diferencias entre dos flores parecidas pueden ser suficientes para una sesión de observación.

A mí me ocurrió con el brezo (Erica multiflora) durante un paseo por Capo Mannu, en la península del Sinis. Era un día agradable, a pesar del viento, y la luz hacía que el paisaje resultara especialmente bonito. Sin embargo, lo que más llamó mi atención no fue algo que vi, sino el aroma del brezo: un perfume dulce, casi a miel.

observación de la naturaleza: brezo (Erica multiflora)

Desde entonces, cuando vuelvo a encontrarlo, muchas veces lo reconozco antes por el conjunto: sus pequeñas flores rosadas, el paisaje, el aroma, que por recordar su nombre. La observación puede empezar así: no necesariamente por un nombre, sino por un aroma, una forma o un detalle que despierta la curiosidad y hace que queramos saber un poco más.

Otra cosa que me fascina es la fugacidad. Hay floraciones que transforman un paisaje durante un periodo muy breve. Las amapolas son un buen ejemplo. Destacan con una intensidad enorme y, pocos días después, el escenario puede ser completamente distinto. Observar también es aprender que la naturaleza no permanece quieta y que volver al mismo lugar forma parte de la experiencia. Puedes ver otros ejemplos de estos cambios estacionales entre las flores silvestres de primavera.

Floración de amapolas en Capo Mannu. Fotografía propia.

Con el tiempo, volver al mismo lugar permite comparar. Un brote se convierte en flor, una flor deja paso a un fruto, una planta desaparece durante meses y vuelve en la misma época. Es entonces cuando empiezan a hacerse visibles los ciclos que una visita aislada difícilmente muestra.

También puedes observar la naturaleza en la ciudad

Para observar no necesitas estar en un paisaje extraordinario. Si vives en la ciudad, puedes empezar por un árbol de la calle que recorres cada día, las plantas de un balcón, las hierbas que aparecen en una grieta o las aves que se posan siempre en el mismo tejado.

Cuando vivía en Barcelona cultivé durante un tiempo un pequeño huerto en el balcón. Coseché tomates, rúcula, perejil y albahaca, entre otros. Disfruté mucho de todo el proceso, pero uno de los descubrimientos que más recuerdo fue algo mucho menos espectacular: ver por primera vez las pequeñas flores rosadas de los rabanitos. Hasta entonces conocía el rábano como alimento, pero nunca me había detenido a pensar en cómo era la planta cuando florecía.

Ese tipo de descubrimientos también ocurre fuera de casa. Cuando empiezas a fijarte en los recorridos cotidianos, resulta sorprendente la cantidad de plantas distintas que pueden aparecer incluso en un entorno urbano. No hace falta conocer sus nombres de inmediato: primero puedes observarlas y preguntarte en qué se parecen o en qué se diferencian.

Y cuando no puedas salir, puedes hacer el mismo ejercicio desde una ventana o con las plantas que tienes en casa: seguir un brote, observar cómo cambia la luz o descubrir qué ocurre después de una floración. Incluso puede ser interesante explorar las semillas y especias que tienes en tu despensa: linaza, sésamo, anís, frijoles, lentejas… ¡Además de útiles en la cocina, pueden servir de fuente de inspiración!

Cómo entrenar la mirada con una libreta de observación

Una libreta puede ser una de las herramientas más sencillas para entrenar la observación. Puedes llevarla contigo para anotar lo que ves o completar las notas al volver a casa. No tiene que convertirse en un cuaderno científico: su función es ayudarte a recordar y comparar.

Para empezar bastan unos pocos datos: fecha, lugar, tiempo que hace y aquello que te ha llamado la atención. Puedes añadir una descripción, una pregunta, un pequeño dibujo o el nombre provisional de una planta que quieras investigar.

La fotografía también puede cumplir parte de esa función. A veces una imagen conserva un detalle que solo apreciamos más tarde: las gotas suspendidas de una hoja después de la lluvia, la combinación de colores de las hojas caídas sobre el asfalto o la estructura de una flor vista de cerca.

Hojas de otoño sobre el asfalto en Berlín. Fotografía propia.

Hay días en los que el propio suelo parece una composición: verdes, amarillos y ocres dispersos sobre el gris del asfalto. Registrar estas escenas también es una forma de aprender a mirar y puede convertirse, más adelante, en material para dibujar, prensar, componer o simplemente recordar.

De observar a conocer

La curiosidad suele llevarnos un poco más lejos: queremos saber cómo se llama el árbol que vemos cada día, por qué una planta aparece solo en determinados meses o qué especie es esa flor que encontramos repetidamente en un paseo.

La identificación puede venir después de la observación. Primero puedes describir lo que ves con tus propias palabras y, más tarde, consultar una guía o una fuente fiable para ponerle nombre. Así, la búsqueda nace de una pregunta real y no solo de acumular nombres de especies.

Para seguir aprendiendo puedes consultar recursos para identificar plantas en el campo y, si te interesan especialmente las plantas medicinales, esta selección de libros sobre plantas medicinales. Para contrastar una identificación también son útiles recursos especializados como las colecciones digitales del Real Jardín Botánico-CSIC o plataformas de ciencia ciudadana como iNaturalist.

¿Por qué merece la pena aprender a observar?

Observar de forma habitual cambia, sobre todo, la cantidad de cosas que somos capaces de reconocer. Un lugar que parecía siempre igual empieza a mostrar pequeñas variaciones: qué florece primero, cuándo aparecen determinados frutos, cómo cambia la luz o qué plantas regresan en una estación concreta.

También nos hace más conscientes de algo que a menudo olvidamos: muchos de esos momentos son fugaces. Un paseo después de una lluvia ligera, una floración que dura pocos días o unas hojas caídas pueden ofrecer una imagen que no volverá a repetirse exactamente igual.

Gotas suspendidas después de la lluvia. Fotografía propia.

Cuanto más conocemos esos detalles, más fácil resulta apreciar la diversidad y la belleza del entorno cercano. No hace falta viajar a un paisaje extraordinario. Muchas veces, el descubrimiento empieza en un árbol, una flor, una planta que crece junto al camino o un rincón que vemos todos los días.

Una propuesta para hoy

La próxima vez que salgas, prueba a detenerte cinco minutos en un lugar que conozcas bien. Mira, escucha, huele y elige un solo detalle. Puede ser una hoja, una flor, un sonido o un cambio que no habías notado. Si quieres, anótalo o haz una fotografía. La próxima vez que pases por allí, vuelve a buscarlo.

Aprender a observar la naturaleza empieza así: prestando atención a algo pequeño y dejando que la curiosidad haga el resto.

Si después quieres conservar una parte de lo que encuentras, puedes dar un paso más y descubrir cómo secar plantas en casa.

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